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Ingeniero en Industrias Alimentarias de la Universidad Nacional Agraria La Molina, pero que se dedica a un montón de cosas, como escribir en sus ratos libres. Gusta de política, economía, fútbol, música, entre otros. Hobby principal: investigación histórica, principalmente a la Guerra con Chile, aunque también investiga sobre el desarrollo de las empresas peruanas en la actualidad. Es coautor del libro "La Última Resistencia. La batalla en el Morro Solar de Chorrillos el 13 de enero de 1881". Si desean adquirirlo, escribir al e-mail elinaresm@hotmail.com

jueves, 6 de junio de 2013

Los tarapaqueños en la defensa de Arica

Este siete de junio se recuerda la defensa de Arica por un grupo de peruanos. No fue una batalla, sino un sitio que duró entre el cinco y siete de junio de 1880. Es una oportunidad para mencionar que el grueso de esos peruanos estaban conformados por peruanos oriundos de Tacna y Tarapacá, pues los batallones peruanos en Arica fueron originalmente de la Guardia Nacional o milicias de los departamentos de Tacna y Tarapacá. Aprovecho la ocasión para hablar sobre la guardia nacional de Tarapacá.


De acuerdo al censo de 1876, en Tarapacá residían 38,225 personas, de los que peruanos eran 17,013, chilenos eran 9,664, bolivianos eran 6,028 y el resto otras nacionales.(1) De los 17 mil peruanos residentes debían reclutarse los cuerpos de guardia nacional.

El transporte Limeña llevó 1,000 rifles y 200,00 tiros sistemas Chassepot a Iquique el 11 de marzo de 1879.(2) Fue con este armamento que se empezó a formar los cuerpos de guardia nacional en Tarapacá y el que usaron los tarapaqueños en la defensa de Arica en 1880. Para el 12 de abril, el gobierno aprobó los cuadros de guardia nacional que remitió el prefecto de Tarapacá, coronel Justo Pastor Dávila.(3)

El 25 de abril, según el estado de la distribución diaria del agua, el batallón Iquique tenía 357 plazas, columna naval tenía 203 plazas y la columna de honor tenías 94 plazas, todos ellos de la guardia nacional de Tarapacá.(4)

El más activo en la formación de estos cuerpos cívicos fue Alfonso Ugarte, quien con el grado de coronel de guardias nacional, era jefe del batallón Iquique que él vistió con su propio peculio. No sólo eso, el 29 de abril comunicó al prefecto Dávila que renunciaba al sueldo que le corresponde como jefe de batallón, lo que fue aceptado con complacencia “la prueba de su patriotismo”. El gobierno le pidió al prefecto que le diera “las debidas gracias a nombre de la nación”.(5)

Como el general Juan Buendía, general en jefe del Ejército del Sur, dispuso en mayo la formación de una nueva columna de guardia nacional, el coronel Dávila escribió al Director de Guerra en Lima que “a fin de evitar mayores gastos en el pago de oficiales de la guardia nacional”, lo mejor sería agregar esa columna a los otros cuerpos de guardia nacional.(6) El gobierno lo escuchó porque dispuso la fusión de esta columna con otro cuerpo.(7)

El tres de julio de 1879, el Presidente de la República y Supremo Director de la Guerra, general Mariano Ignacio Prado, decretó la formación de la Quinta División del Ejército del Sur, al mando del coronel José Miguel Ríos, que agrupó a todos los cuerpos de guardia nacional de Tarapacá. El coronel Ríos murió meses después a consecuencias de las heridas recibidas en la batalla de Tarapacá. En ese momento, la guardia nacional estaba conformada por el batallón Iquique N° 1, columna Tarapacá, columna naval, columna de honor y columna Loa, este último, conformado por bolivianos residentes en Tarapacá.

El 14 de octubre de 1879, los coroneles Alfonso Ugarte y Juan de Dios Hidalgo, jefes del batallón Iquique y columna de Honor respectivamente, solicitaron que ambos cuerpos se fusionen en uno solo para “aliviar al Estado del fuerte gasto que demanda la plana mayor y cuerpo de oficiales” y que el jefe del nuevo cuerpo, que se llamará Iquique nuevamente, sea elegido de un sorteo entre ambos jefes. En el sorteo salió elegido el coronel Ugarte.(8)

Para el 18 de noviembre de 1879, las fuerzas de las guardias nacionales de Tarapacá eran: batallón Iquique con 366 soldados, 44 jefes y oficiales y 399 disponibles con jefes y oficiales; la columna Tarapacá con 170 soldados, 26 jefes y oficiales y 182 disponibles con jefes y oficiales, y Cazadores de Tarapacá, con 151 soldados, 20 jefes y oficiales y 175 disponibles con jefes y oficiales.(9)

Fue en septiembre de 1879 cuando el argentino Roque Sáenz Peña hizo su aparición en las fuerzas peruanas y estuvo ligado al inicio a las guardias nacionales de Tarapacá a sugerencia del presidente Prado, quien le pidió al general Buendía lo siguiente:

“El Dr. Roque Sáenz Peña, para quien dije a Ud. que reservara un puesto de primero o segundo jefe en un cuerpo de nacionales, es un cumplido caballero, de posición expectable en Buenos Aires y que vino especialísimamente recomendado por el gobierno y personas notables...

Tenía conocimiento de que se encontraba vacante la segunda jefatura de la columna Tarapacá. Creo que será conveniente darle este empleo”.(10)

Si bien Sáenz Peña -a quien se le dio el grado de teniente coronel de guardias nacionales- estuvo como ayudante del general Buendía, luego fue nombrado jefe del batallón Iquique, que tras la reorganización del Ejército del Sur en diciembre de 1879 dejó de ser batallón de guardias nacionales, se fusionó con la columna Tarapacá y pasó a formar parte del ejército de línea, conservando su nombre de Iquique, al que luego se le dio el N° 33. Para el 5 de junio de 1880 contaba con 302 hombres de tropa, 31 oficiales y 4 jefes.(11)

En cuanto al resto de los guardias nacionales de Tarapacá, se fusionaron con el batallón Provisional de Lima N° 3 y pasó a formar parte del ejército de línea con el nombre de batallón Tarapacá, al que luego se le dio el N° 23. Para el 5 de junio de 1880 contaba con 216 hombres de tropa, 28 oficiales y 3 jefes.(12)

El coronel Alfonso Ugarte, que se había ganado un nombre por su participación destacada en la batalla de Tarapacá, fue nombrado comandante general de la Octava División en diciembre 1879. En ese entonces, su división estaba conformaba por los batallones Iquique, Tarapacá, Provisional de Lima N° 2 y columna Loa. Una nueva reorganización y la partida de la columna Loa al ejército boliviano, lo dejó sólo con los batallones Iquique N° 33 y Tarapacá N° 23.

No podemos evitar mencionar que en la batalla murieron dos destacados tarapaqueños, Alfonso Ugarte y Ramón Zavala. La biografía de Ugarte es bien conocida. Sobre Zavala podemos decir que su familia era dueña de la oficina salitrera San Antonio y de la hacienda Quiñua, ambas en el departamento de Tarapacá, y que con el grado de teniente coronel, era jefe del batallón Tarapacá N° 23.

Para terminar este post, les dejo el relato del capitán Antonio Lobato, sobreviviente de la defensa de Arica, oficial del batallón Tarapacá N° 23. Si bien Lobato escribió su relato 43 años después de los hechos, está bien detallado y lucido.

7 DE JUNIO DE 1880
REMINISCENCIAS - Extracto (13)

“A las 5 y 30 de la mañana del memorable día 7, abandonamos la posición ocupada en la víspera y emprendimos la marcha de retroceso, ignorando que lugar se nos designaría en el combate

Habíamos avanzado unos 200 metros cuando se nos presenta el jefe de la división, coronel Alfonso Ugarte, y da orden a nuestro jefe de dirigirnos al Morro.

En este momento se oye el fuerte estampido de un tiro de cañón, disparado de la ciudadela de Chuño Alto; seguido inmediatamente de un vivísimo fuego de fusilería del mismo fuerte. Este fue el comienzo del asalto.

Alzamos la vista y contemplamos la linda perspectiva del Oriente. Un múltiple centelleo de chispas que parecían eléctricas, demostraba en la elíptica ciudadela vigorosa resistencia que oponían al invasor los heroicos soldados de ese fuerte.

En la línea del horizonte se veía la débil y plateada luz del alba, precursora del astro soberano, surgir lentamente sobre las cumbres de las montañas.

Entramos a la ciudad a paso de trote, cruzamos sus calles, llegamos a las faldas del Morro y jadeantes ya, hicimos su ascensión, hasta culminar la pendiente de Cerro Gordo, en los momentos fatales en que el enemigo rechazando al batalloncito Piérola, se apoderaba de este punto dominante.

La ventajosa posición del adversario y su número, 4 ó 5 veces superior, nos obligó a retroceder a la primera trinchera de sacos de arena; situada en la garganta que une la cima del morro con esa elevada posición. En nuestra retirada perdimos muchos soldados y un regular número abandonó las filas.

El heroico Zavala a pie, -por haberse encabritado su caballo, -a cuerpo libre y con admirable entereza, sostiene reñido combate con tres compañías solamente, tres de las pequeñas trincheras, que eran acribilladas por un mortífero fuego de frente y de flanco. Nuestro valeroso jefe, en medio de ardiente entusiasmo y sin cesar en sus voces de mando, cae muerto a un paso del que esto escribe, expirando sus labios su última y alentadora voz.

Este momento fue supremo; los soldados con sus cartucheras agotadas, abandonan sus puestos, descolgándose unos a la ciudad, y otros en mayor parte se repliegan al morro con dos de sus jefes, Benigno Cornejo y Jerónimo Salamanca, y sus oficiales sobrevivientes.

La artillería de la plaza fue enteramente inútil, pues los chilenos durante la noche avanzaron hasta llegar a corta distancia de nuestros fuertes del Este y emprendieron el asalto con actividad vertiginosa.

En menos de una hora, las ciudadelas de Chuño Alto y Bajo, estaban en poder del enemigo y sus fuerzas aniquiladas; especialmente la primera de la que quedaron muy pocos de sus defensores, pereciendo casi todos sus jefes y oficiales.

En la meseta del Morro, la tropa enemiga ejercitó bárbara y cobarde carnicería. Ahí fue muerto Bolognesi, Leónidas de la acción, y los distinguidos jefes More, Cornejo (Benigno), Blondel y otros más; muchos oficiales y gran número de soldados.

Las descargas de fusilería, sobre los pocos defensores que sobrevivían, terminaron con la presencia del capitán chileno Silva Arriagada, que impuso a sus soldados la suspensión del fuego, indicándose que los que quedaban con vida éramos prisioneros  de guerra.

El comandante en jefe del ejército atacante, coronel Lagos, al constituirse en el Morro, apostrofó duramente a su tropa, reprochándola el acto de haber hecho prisioneros. Este araucano al voltear su caballo para emprender su regreso, repitió: “siento que hayan hecho prisioneros”.

Pocos momentos después se nos hizo salir de dos pequeños cuartos que ocupábamos como prisioneros, vigilados por el teniente o subteniente Larraín, y se nos condujo al lado sur del Morro, lugar denominado la Lisera. Allí se unió a nuestro grupo a los tenientes coroneles La Torre y Sáenz Peña; este último levemente herido en el brazo derecho.

El trayecto de la Lisera lo hicimos dirigidos por un capitán, quien dejó escapar estas palabras, en tono afectado: “Caballeros, váis a sufrir una corta molestia, pero el descanso vendrá pronto”.

Parece que esta frase encerraba nuestra sentencia de muerte; dictada por el Jefe Superior del ejército enemigo; pues, durante el tiempo de una hora que permanecimos en ese lugar, varios jefes con demostraciones de simpatía y consideración, se acercaban a Sáenz Peña y hablaban con éste en inglés, visiblemente interesados en algo (quizás en el perdón); y regresaban en seguida, para volver poco después, hasta que por fin llegó el teniente coronel Salvo; quien acercándose a nosotros, dijo: “Señores, estáis en libertad”.

En seguida fuimos conducidos por él a la Aduana del Puerto, todos los que caímos presos en el Morro. En la Aduana quedamos bajo la custodia del coronel chileno Valdivieso.

Una hora después, a Sáenz Peña y La Torre se les llevó al transporte “Limarí”, y nosotros continuamos en tierra hasta el 11 de junio, que se nos transportó a bordo del “Itata”, que nos condujo a Valparaíso y de allí pasamos a San Bernardo.

El único buque de guerra que durante el bloqueo resguardó la bahía de Arica, contestando siempre con brío los ataques de la escuadra chilena, fue el “Manco Cápac”; cuyo jefe al ver el Morro y nuestros pequeños fuertes en poder del enemigo, ordenó su hundimiento, salvándolo así de caer en manos del adversario.  
Hemos terminado este trabajo, fiados en nuestra memoria, que aún conserva indelebles los acontecimientos que presenciamos en la desgraciada guerra del 79”.

NOTAS


(1) Puede consultarse el siguiente artículo http://www.archivochile.com/Historia_de_Chile/sta-ma2/2/stamatexrel000013.pdf       

(2) Archivo Histórico de la Marina de Guerra del Perú (AHMGP). Serie: Conflictos Internacionales, subserie: Conflicto con Chile, Guerra con Chile 1879, doc. 3. Parte oficial del vapor Limeña del 15 de marzo de 1879.

(3) Archivo del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú (ACEHMP). Libro copiador N° 511, Correspondencia con los señores Prefectos del año 1879. Carta del 12 abril de 1879.

(4) Vicuña Mackenna, Benjamín. 1880. Historia de la Campaña de Tarapacá, tomo I, p. 710.

(5) ACEHMP. Libro copiador N° 511, Correspondencia con los señores Prefectos del año 1879. Carta del 8 de mayo de 1879.

(6) ACEHMP. Paquete 2-1879. Oficio del Prefecto de Tarapacá al Director de Guerra del 9 de mayo de 1879.

(7) ACEHMP. Libro copiador N° 511, Correspondencia con los señores Prefectos del año 1879. Carta del 28 de mayo de 1879.

(8) Guerra con Chile, La Campaña del sur, Memorias del general Buendía y otros documentos inéditos. 1967. Editado por Carlos Milla Batres, pp. 134-136.

(9) Mariano Felipe Paz Soldán. 1979. Narración Histórica de la Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia, tomo II, p. 49.

(10) Buendía, Op. Cit., p. 120. Carta de Prado del 14 de septiembre.

(11) Gerardo Vargas Hurtado. 1980. La batalla de Arica, p. 365.

(12) Ibídem.

(13) La Crónica, jueves 7 de junio de 1923.

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